Mostrando entradas con la etiqueta Cartas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cartas. Mostrar todas las entradas

lunes, 20 de julio de 2015

Queridos amigos


 Resultado de imagen para imagen carta

Queridos amigos:
                               
                            Hace tiempo que el silencio se acomodó en mi agenda mordiendo otra provincia y dejó  las palabras apiladas en el margen derecho de la página. El tiempo se puso blanco, como si envejeciera, de tanto conjugar el mañana en tercera persona, o el pasado en segunda; y ese exceso de pronombres y verbos potenciales están siempre atravesándose en el camino de mi cuerpo para  nunca establecerse en la región más próxima del ahora, del yo.

   Hubo días, sin embargo, en que el horizonte no quedaba tan cerca. Se iba más allá de los vientos, acostado en la línea meridiana de la brújula. Ahora, sólo resta estirar la mano para tocar un siglo. Es que el tiempo se ha tornado mediático y en cada vuelta de página, calendario por medio, siempre se avecina una imagen, un ademán, un gesto.
   Otro fue el tiempo de pensar Mañana. Ahora, lo inmediato, lo próximo, convierte lo mágico en materia, en cuenta regresiva –regresiva- que nos acerca no ya al final sino al principio.

   Mientras tanto, mis viejas palabras agonizan igual que pájaros heridos en la mitad del hambre, partidas en un manotazo de viento cualquiera. Así, ocasionan la ausencia, con la voz saliéndose y la esperanza en el mapa del cielo que no me pertenece.
   Pero cuando escribo, cuando me prometo un ovillo azul desmadejado sobre la sábana de papel, es mi cuerpo el que se despereza, desovillándose. Rostro de voz, nombre de suburbio ronco con rumores de calles arrabales, versos perros como evangelios bastardos y penúltimos holocaustos de entrecasa.

   Fatalmente, la palabra me destina un lugar en el tiempo. Siempre, para mí, existirá ese dramatismo, esa tensión en el decir; ese barajar la palabra en el mazo y elegir un adverbio.  Mi voz no puede caminar sin vértigo y por eso se aferra a esa especie de patetismo, recorriendo los extremos del hilo tensado sobre el abismo del silencio, con la única certeza de la caída.

   Mi palabra es apenas una diminuta esquirla de piel en el armisticio del día de mañana, la seña de un cuerpo desnudo en el vértigo de la página, una caída horizontal, perdiéndose. Perdiéndose. 

viernes, 27 de abril de 2012

Jorge Lanata: Sr. Periodista



Señor periodista:
                          Es usted una persona poderosa. Puede decir o hacer silencio... ¡Tantos salvados por una palabra como heridos por un  silencio!
   Usted puede cambiarlo todo, por ejemplo mostrarle a la gente cada cosa del lado de todos, morder el borde de la conciencia de muchos, apurar el viento para que sople del lado en que se apilan los sueños de los pobres.
   Usted es poderoso porque también puede esperar que madure el oído que escucha, regarle el futuro con promesas de aire y saber que el abrazo vendrá como de espía porque nadie le roba los pájaros al cielo.
   Usted puede, como toda persona poderosa, hacerse amigo de los reyes y cantarle los salmos. Usted puede, también,  seguir siendo el muchacho que soñaba justicia cuando otros le decían que tuviera cuidado.
   Usted, señor periodista, puede seguir siendo un tipo con memoria.
   Pero si no se acuerda cómo era, si por ahí se le olvida lo que quiere decir ser periodista, usted puede mirarse en el espejo. Por ahí encuentra la fórmula. Mírese al espejo y piense en la cara que va a poner su hijo cuando sepa para qué usó usted el poder, señor periodista, por cuántas monedas se vendió como judas y a cuánta buena gente traicionó de repente.
   Usted debe, señor periodista, ser un tipo con memoria.

domingo, 22 de enero de 2012

Carta para mi misma


    El tiempo está  empezando a enrollarse en el último carnaval, como una serpentina... Claro que el último carnaval será  el de mañana, ese en el que las mascaritas se disfracen de mi misma y me esperen con los espejitos en la mano, enredadas en el índice del catálogo, en la letra "A", de Anónimo.
   Hoy no es un buen día para escribirme cartas, porque desearía poder decirme  ¡hola!, ¿Cómo estás?, pero en cambio no pregunto nada, porque sé la respuesta de antemano. Y, sí. Son los riesgos que corro cuando me animo a asomarme a esa princesita rubia, destronada pero reincidente, que siempre estuvo allí esperando que la farolera tropezara para levantar la barrera y enamorarse de cualquier  tipo menos de un coronel- ¡Dios me libre!- que de Coroneles y Capitanes la vida me hizo una N.N. y buen tiempo me llevó recuperar el nombre, para estamparlo al pie de algún papelito escrito entre metáforas.
   De cualquier manera, te digo -escuchá  bien- que te merecías otra cosa, una vida diferente, más llena de manteles en las mesas, y no tanto altar mortuorio... Aunque no estoy tan segura, porque -mirá  vos-, ahora se me ocurre que hubieses sido capaz de estropearlo todo, de vestirte de cenicienta antes de las doce, de despertarte antes del beso del príncipe dorado o morder la manzana justo del lado en donde no había veneno...       Porque, te digo que para que el cuento de hadas funcione, una tiene que ser paciente y esperar la parte de la historia donde recupera el protagonismo positivo, es decir, aquel que sobreviene después de haber sido sometida a todo tipo de vejámenes infringidos en la propia persona por la bruja de turno.
   Pero vos nunca pudiste quedarte quietita, como decía tu mamá, que de esto sabe un poco más: -vos callate, nena. Te quedás calladita y no decís nada, vas a ver que después se le pasa-. Vos siempre ahí, despotricando contra la injusticia y la desigualdad, embanderada en la primera protesta que pasaba cerca, dale que te dale, sin poder esperar la otra parte de la historia, esa que casi siempre reivindica a los perdedores y a los humillados. Y si no, mirá: a las brujas las quemaban, pero a más de una después la santificaron; en cambio, a las que pensaban como vos, a esas las desaparecieron en un tris. Así y todo, ahora les levantaron un altar en la memoria. Vos, en cambio, no pudiste ni esperar a que te desaparecieran, te rebelaste antes del fusilamiento. Y así te fue.
   Yo sé que dirás que los valores y toda esa sarta de vanidades espirituales sesentistas fueron los que te llevaron a creer que valía la pena dejar de lado el individualismo y sumergirte en la más responsable individualidad, para tener en cuenta al otro, para resistir con todas las fuerzas la debacle de la sociedad y la familia, la ausencia de modelos, el lento pero irrefrenable descenso hacia la mediocridad. Te quedaste con aquello de "caminante no hay camino, se hace camino al andar" y te estrellaste contra la hipocresía en la primera esquina que te salió al paso.
   Pero no te detuviste. Seguiste intentando empezar a andar tantas veces como tantas te caíste y el saldo es el mismo, y seguirá  siendo el mismo porque tus cuentas empezaron mal. Porque te compraste el heroísmo como moneda de cambio justo en el momento en que los otros empezaban con los plazos fijos y la bicicleta financiera. Y te quedaste afuera del juego, del lado de los anónimos vencidos, de los perdedores dignos. Y el resultado es la soledad. Aunque te moleste escucharlo, te lo repito: el saldo es la soledad, la más absoluta soledad: la de adentro, la del miedo en la boca del estómago y el hilo pendiendo  sobre el vacío esperando tu pisada. La soledad sin vuelto y sin vuelta, esa que no tiene ninguna cara, que no se llama de ninguna manera, ni te promete nada.
   Vas rápido hacia el deslinde. No te detuviste en ninguna excusa, pero el punto de llegada está  a la misma distancia que antes: Lejos. Y sigue siendo desconocido el sitio que te depara el mañana. Y el hoy es una garganta negra y halitosa con el silencio colgando de las fauces como los cadáveres de los ahorcados… Y el cuerpo que era ya no te acompaña; y más acá  del cuerpo, la patética sombra de una juventud que se te escapó entre los dedos, te persigue en el reloj de la memoria, aunque no le des cuerda.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Carta a una mujer

   Detrás del muro, una mujer, distante siempre,  a pesar de haberse desvestido de secretos hace ya muchos siglos para todo aquel que la convoque desnuda; una mujer, digo yo misma, te saluda desde la vereda en donde los desconocidos se saludan como viejos amigos.
   Me arrogo el derecho de sentirme destinataria de todos los recuerdos porque, en este mismo instante, siento que puedo ser aquella de los sueños inevitablemente rotos, esta que barre la vereda con el abismo del devenir entre los ojos, esa otra que arremete contra el calendario construyendo terrazas para el día de mañana o la que deambula por el insomnio con cuatro palabras pendientes para escribir en el espejo. Esa soy, todas y una.
   Y acomodo vertiginosamente papeles en la agenda, y busco en los cajones la brújula perdida, como si adivinara que algún navegante me enamoró en otro puerto y me dejó el pañuelo sudado escondido entre  relojes detenidos. También muerdo la fruta con ese apetito de cielos jugosos que, en la infancia, siempre estaban en los árboles más altos; y sé que en este momento la mirada se me pone oblicua como si pudiese ver más allá,  y de pronto el mundo se me avecina como un mapa, y cada continente es una mano irremediable separada por agua.
   A veces, también camino por tu misma calle, por la calle por donde caminan todos. Y sin embargo, mi pie pisa con otra certidumbre.
   Cada  pisada lleva la memoria de las madres inmemoriales que defendieron hijos, que plantaron la tierra, que amasaron la harina, que pelearon para ser nombradas con su propio nombre, para ser elegidas y únicas y diferentes. Para llevar un pañuelo blanco en la cabeza coronando la memoria y la lealtad. Para estrenar la piel en cualquier abrazo y sentir, de pronto, que el amor es para siempre. Para envejecer con la dignidad de los que envejecen por no haberse dado por vencidos.
   Otras veces soy, simplemente, la otra que me mira en el espejo.
   Y entonces me acuerdo de mi abuela inmigrante, de Eva hambrienta frente a una manzana, de la mejilla magullada, de la virginidad violada entre alaridos, de las madres solas que apechugan el miedo en nombre de los hijos. Y de las que corren por el tiempo de otros; y de las que se detienen; y de las que se dan por vencidas; y de las vencidas.
   Pero me queda corazón para emocionarme ante una palabra cuando llega blanca como una caricia. Esa que me homenajea por ser una de tantas, la única, la irrepetible, la misma. Todas.

Vistas de página en total

si pasas por este sitio, me gustaria saber tu opinión