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miércoles, 15 de agosto de 2012

Lluvia.




Palabra de agua.
Entredicho de
              vidrio
                    y de marea.
Añico desprendiéndose.
Vertical
           añadida al horizonte.

martes, 26 de octubre de 2010

El Grillo


    
   Plegado como papel crocante en el rincón del patio, el grillo mastica pedazos de la noche de vidrio, tritura pirámides de escamas que el pez noctambulario escondió en la dársena negra de los álamos. Nadie mejor que él reconoce la pisada de la sombra cuando se acerca, con la capa sobre los hombros de mujer. Sí. De mujer. Sólo una hembra puede parir la escarcha crepuscular y acostarla sobre los pastos con esa ternura de sudor y jadeo.
   Sólo una hembra puede caminar por el borde abismal de la noche sabiendo la distancia entre el fracaso y el sueño, para desmoronarse en el preciso momento en que se derrumba el rocío. Nadie pisa el sendero del día con la misma elegancia, ni elige la pollera para danzar el aire con tanta desnudez entre las piernas; ni nunca podrá nadie nacer para morir entre los dientes del día, con ese talento de suicida. Sólo ella, hembra sin hombre, puede copular la luz hasta vencerla, y traficar alquimias de embustera con los fantasmas.
   El grillo conoce la pisada y el olor, el crujir de su enagua y el aleteo frágil del latido que empieza por los árboles hasta que, lentamente, va cayendo entera como una mancha húmeda sobre todas las cosas; con esa melodía repetida y trágica que el grillo mastica, una y otra vez, escondido en la dársena negra del patio. Allí donde ella desembarca, cada noche, después de hacer añicos la brújula del aire.

viernes, 15 de octubre de 2010

Desayuno

 
Desayunó el álamo en la mesa del día. Los horneros mordieron las migas de los panes, y la flor de una espiga se esponjó en mi pocillo.
Tres o cuatro gorriones corrieron esa sombra del trébol que juega a la rayuela en el charco del césped.
Subió el durazno al lomo de mi gato, y le acostó la piel entre las patas.
Sucedió una nube en medio de mi ventana.
Cada quien saludó la distancia hasta el mantel del día. Hasta tu risa, que dejaste pegada al bolsillo de tu camisa vieja.


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