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miércoles, 20 de octubre de 2010
sábado, 16 de octubre de 2010
Osvaldo Milano Arrieta: La Casa del Poeta 30-XI-98
¿Cómo dibujar la línea del horizonte de manera de alinearla a ras de los dinteles, para que las ventanas miren hacia afuera, más afuera de las calles y los edificios, distante de las marquesinas y las vidrieras?
¿Cómo plantar paredes cosidas desde abajo, que puedan crecer como los árboles hasta el friso del cielo, y desde allí, avanzar a la vez hacia adelante como si fueran espigones de pájaros?
¿Cómo plantar un techo que no tenga estatura, que se abra igual que una boca sorprendida y permita que el júbilo se encuentre con el alma?
¿Cómo dejar rincones blandos para los cuerpos, mesas tendidas para el pan de la vida, umbrales para el canto de las manos y el verso; cómo dejar abierta la puerta y encender los relojes con el día de adentro?
Juan Albañil puso la frente en ascuas, y mirando la sombra de sus sueños que iban caminando a sus espaldas, dijo: Aquí tengo la casa. Cavaré de nuevo los cimientos en medio de mi infancia, haré una biblioteca en donde estaba el patio, y en la mesa tendida de todos los domingos clavaré las maderas para que nazcan teatro. Pondré ventanas largas que miren para afuera y colgaré un espejo de viento en cada estatua. Colocaré una silla para que otro la ocupe , y dejaré lugar para los pájaros. Cuando llegue la primera mañana, abriré las puertas para que entren todos.
Juan Albañil, a veces, lleva su nombre al cuarto; lo desviste y lo baña, lo acuna entre los brazos para que se desnude de todo su cansancio. Vela su nombre mientras el sueño lo embriaga, lo arropa con palabras y lo deja durmiendo entre las sábanas. Entonces, toma su otro nombre, se calza las palabras que lo llaman y sale a ser Osvaldo Milano, hasta mañana.
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homenajes
viernes, 15 de octubre de 2010
Desayuno
Desayunó el álamo en la mesa del día. Los horneros mordieron las migas de los panes, y la flor de una espiga se esponjó en mi pocillo.
Tres o cuatro gorriones corrieron esa sombra del trébol que juega a la rayuela en el charco del césped.
Subió el durazno al lomo de mi gato, y le acostó la piel entre las patas.
Sucedió una nube en medio de mi ventana.
Cada quien saludó la distancia hasta el mantel del día. Hasta tu risa, que dejaste pegada al bolsillo de tu camisa vieja.
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Paisajes
jueves, 14 de octubre de 2010
Las últimas palabras
Desenrolló sus largos pies enfundados en mariposas azules y se arrellanó en la cama.
-No es tarde- me dijo con la voz imprevisible de sábado a la noche. -Sólo apaga la luz.
Confieso que me dio miedo. Siempre era así.
Ahí estaba yo, temiendo como un pusilánime ante cualquier atisbo de irracionalidad que pudiera poner en tela de juicio mis irremediables convicciones humanas.
-¡Vamos!- insistió.
Mi mano se acercó al interruptor con la diligencia de un esclavo.
Amaneció en el preciso instante en que la luna espuntaba en el horizonte. Por cuestión de segundos, el sol le ganó de mano.
Ella había desempolvado sus hombros antes de abrazarme. Así y todo, mi pecho estaba cubierto de una fina capa de polen iridiscente que brillaba con los resplandores que se filtraban a través de la celosía.
-Hace frío- musitó.
Nunca había sido más enero. El verano estaba pleno cuando ella dijo: frío. Redondo en el calendario que colgaba de la puerta del placard, un 23 de enero y las moscas en la parra del patio y la sombra recortada por la copa del fresno se volvieron invierno de repente. Los pájaros emigraron como si nunca hubieran tenido paradero.
-Tengo sed.
La lluvia llegó de pronto. En realidad no llegó. Estuvo siempre ahí, porque se empezaron a escuchar los repiques sobre el techo un instante después, y yo supe que inevitablemente llovería para siempre jamás si ella se quedaba callada.
Aparté con mi mano una hebra de su pelo que había quedado sobre la cobija.
No quería despertarla, pero estaba esperando que hablara. De otro modo la lluvia no dejaría de caer. No quería mirarla. Tenía miedo de mirarla.
Se estiró debajo de las sábanas como una serpiente dormida. Hundió su cara en la almohada y apoyó su mano helada sobre mi espalda.
-Te quiero- dijo.
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relatos
miércoles, 13 de octubre de 2010
Cómo diré
¿Cómo no decir descielo
derrumbe repentino
en la frente detenida
de mi mano indecisa?
¿Cómo no matar pájaros
sin ninguna imprudencia
con la misma crueldad
que los relojes?
¿Cómo detener este día
en cada calendario
con una seña de
inocencia?
¿Cómo diré siempre
si a veces
quizá tal vez
es ahora
sin que yo me de cuenta?
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poética
Ayer y Hoy
¡Qué se yo!, a uno le quedan cosas pendientes, recuerdos colgados como espejos en la pared de la memoria; banderitas sacudiéndose en los desfiles de los recuerdos; barriletes subidos al cielo de los baldíos, cuando los barrios eran el mundo de cada uno.
Después crecemos, cruzamos la General Paz y, del otro lado, nos quedan retazos de historias chiquitas que uno desempolva de vez en cuando, sólo cuando puede mirar hacia atrás sin que se le haga un nudo en la garganta o se le pongan los ojos encharcados. Ese es el momento en que nos damos cuenta qué es el ayer. Y nos sentimos con ganas de volver a recorrer la plaza de la infancia para saber si sigue teniendo la calesita, o el subibaja pintado de amarillo, o si un supermercado le cambió el perfil.
A uno le da un poco de pudor hacerse la escapada al pasado pero cuando llega, comprende que seguimos siendo los mismos hijos de inmigrantes, los mismos pibes crecidos a sopapos, los mismos que un día se fueron del barrio, y hoy andan con unas ganas locas de jugar un picadito en el baldío de la 9 de Julio.
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Reflexiones
domingo, 10 de octubre de 2010
La conquista de América.
Agua. Archipiélago blando.
Las manos
como ojos descascarando mapas
arrinconaron el borde del sol sobre la orilla.
Dejaron las paredes con el cielo al desnudo,
largo horizonte de piedra cultivado.
Se bebieron entera la matriz de las frutas.
Robaron la pintura en la piedra,
la nomenclatura cívica del cielo
y el semen amarillo de la tierra.
Una sola palabra –como dijo Neruda-
trajeron los señores
además de la espada.
Y dijeron
esclavo
en todos los idiomas.
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poética
La verdad y la mentira de los refranes populares
Cuando uno no sabe qué decir porque la realidad lo sorprendió con algún cuento del tío, alguna que otra injusticia, o una historia que ya escuchó tantas veces que no entiende cómo puede repetirse con los mismos finales; cuando uno no sabe qué decir pero siente la necesidad de dar una opinión que suene infalible, digo, uno larga un refrán de esos que, desde nuestros abuelos hasta nuestros nietos, tienen la virtud de no agregar ni quitar nada, de no modificar en lo más mínimo la opinión de los otros, pero que resuenan como una verdad a gritos. Uno se los apropió en la infancia, cuando a los adultos les pasaba lo mismo que a nosotros ahora , y desde allí, han quedado registrados en nuestro imaginario colectivo, adquiriendo el prestigio de verdades indiscutibles.
La realidad es que al paso de los tiempos que corren - posmodernidad de por medio- unos esconden las más pavorosas mentiras y otros, en cambio, encubren una resignación pasmosa. Los más, son apenas una lectura irónica de la realidad, y sólo los menos, expresan una verdad incuestionable.
Para no irnos por las ramas, vamos al grano: Aquello de “ojo por ojo y diente por diente” ha sucumbido totalmente al desuso, sobre todo en las últimas décadas en que los avances en la medicina de implantes y la privatización de los servicios médicos ha generado tal magnitud de desigualdades que, en realidad, la cosa sería más o menos así: si las cosas se dan, quizá, intercambiaré el ojo de mi enemigo (que seguramente tendrá el dinero suficiente como para reemplazarlo por otro implantado y sin catarata) por mi diente cariado
Ni qué hablar de “El que fue a Sevilla perdió su silla”, que ha caído en un total descrédito. Tal como van las cosas entre los funcionarios, no sólo no pierden su silla si se van a Sevilla o a Afganistán o a hacer una excursión por el Orinoco sino que, lo más probable, es que a su regreso la silla haya sido reemplazada por un sillón reclinable tapizado en cuero ecológico.
Tal vez sea cierto eso de que “El zorro sabe por zorro pero más sabe por viejo”, siempre y cuando uno no se haya sometido a un lifting y haya sido corrompido por la bacteria de la desmemoria, tan común en estos parajes, por lo cual ya no sabe ni por zorro ni por viejo, y cada vez comete los mismos errores con la impunidad de los idiotas, y va por el mundo repitiéndose; - “No hay mal que por bien no venga”-. -“No por mucho madrugar amanece más temprano”- se dice a sí mismo, cada día, hasta caer en el desánimo.
Por ahí, aparece alguno que te dice, para levantarte el ánimo: “Al que quiere celeste que le cueste”, y uno asiente, resignado, sin peguntarse quién fue el delincuente que quiso celeste y se le hizo.
Entonces, empezamos a sentirnos solos. Y allí llega la revelación consoladora: “El buey solo bien se lame”. Y sí, se lame, pero es más aburrido que chupar un clavo, y con lamerse, uno no resuelve ningún problema existencial, digo.
-Quedate tranquilo- te dice un amigo –“el que ríe último ríe mejor”-. Y a uno, entonces, le dan ganas de que alguna vez le toque reírse primero, porque nadie tiene la vida comprada, y después de todo, sigue siendo un rebelde sin causa porque, como decía el abuelo “Al que nace barrigón es al ñudo que lo fajen”.
Entonces aparece un entregado, de esos que nunca faltan, y te espeta: - Resignate, “más vale pájaro en mano que cien volando”-... ¡Y uno que no agarró ni siquiera una plumita del desparramo de la bandada! Y el tipo que insiste: - “La esperanza es lo último que se pierde”, acordate, “ más vale tarde que nunca”.
O por ahí, tenés la suerte de tener otro amigo, asesor de turno él -siempre uno tiene alguno- “agrandado como galleta en el agua”, ese que estrena “la corona de tuerto en el país de los ciegos” y diagnostica: - Mirá pibe, los viejos eran sabios cuando decían “soldado que huye sirve para otra guerra”.
Entonces, uno que se siente “más desorientado que perro en cancha de bochas” y no encuentra ni un atajo para escaparse de la podrida, tiene ganas de gritarle: - ¡“En casa de herrero cuchillo de palo”!- pero se calla, se calla por aquello de “mejor prevenir que curar”… Y uno nunca sabe..
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Pero de tanta retórica rescatada de las entrañas de los lugares comunes, supongamos para sobrevivir, que es verdad aquello de que “No hay mal que dure cien años”; aunque creamos que este siglo reciente nos abandonará achicharrándonos en un geriátrico, despotricando como energúmenos contra la injusticia; al pié de la tumba del Rey muerto, saludando con la venia al Rey puesto y diciéndonos, cada noche, mientras ponemos la dentadura postiza en el vaso con agua: - "La esperanza es lo último que se pierde”-. Hasta que entra la enfermera con la chata y con cara de sargento nos diga : -¡ No joda más abuelo, que es tarde !.
Y uno piensa: “¡ Nunca es tarde cuando la dicha es buena! ”, ¡ joder!!!.
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Crónicas- Humor
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