jueves, 21 de octubre de 2010

Distancia



Aquí va la distancia. Abre los brazos para acariciarnos por adentro, pronuncia una mirada que se parece al beso, distribuye los soles en todas las respuestas. Se desliza en tu paso siempre más adelante, más allá  del camino. Espera para ser en tu hombro, ese gesto de abrazo que dejé detenido.
   Tal vez no pueda nunca suceder en tu casa, bostezar el asombro de cara a la ventana o recoger los restos de la mesa tendida. Tal vez no alcance el tiempo para andar de puntillas. Pero en algún registro de barcos y de brújulas, crecerán nuestros cuerpos como playas heridas. Largos, desnudos, solos, procaces, encendidos.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Poema para Manuel


Al lado del baldío, la calle era una larga cintura de asfalto,
una herida de grises en el verde.
Manuel tenía diez años y el mundo por delante para llevarlo al hombro,
pataleando la suerte como sus seis hermanos.
Cada tarde de Junio, ese mes de provincia en que todos los tilos se emperifollan ocres,
los autos ordenados al borde de la acera
eran puertas propinas que se abrían  de gauchada,
eran vidrios para limpiar de nuevo aunque estuvieran limpios,
 eran otra chance para el invierno frío,
para las zapatillas que estrenaba en la escuela cuando en el 25 el patio
 era una página de guardapolvos blancos.
Manuel no tenía prisa. Por delante del tiempo siempre había otra chance.
 Cuando había pocos autos, barría el tallercito de Juan, el verdulero,
que siempre le dejaba unas cuantas monedas
 y un sanguche de queso encima de la mesa.
Si no, cada domingo, vendía pastelitos de dulce en la cancha,
pastelitos calientes que cocinaba Aurora con tres o cuatro pesos
que ahorraba en la semana.
 Manuel era la risa mojándole la cara, las manitos paspadas por el agua y el viento,
Y  la nariz roja de dormir al sereno.

Ese día de Junio que empezó de costado, que se vino de espaldas como los asesinos,
fue una madrugada saliendo de la casa y el asfalto mojado por la tormenta larga
 y el sueño empezando a salir por las manos...
 Y así, medio dormido, a las seis de la muerte, Manuel cruzó la calle
 para ir al mercado a buscar las cajitas de dulce de membrillo
para los pastelitos del domingo en la tarde.
- Mirá  bien cuando cruces- le sentenció la madre que colaba en el jarro
 la yerba de mañana.
Si, má - dijo Manuel. Y salió al entrevero de cada madrugada para los pobres, digo,
                para esos lastimados hermanos en desgracia.
 Tenía alto el sueño, pasado de maduro. Corrió para sacarse el frío de las patas
 y allí, en el exacto lugar de la intemperie, el auto se le vino como un perro cebado,
            lo empujó para adentro con los dientes de hierro
                     y le mordió la vida como a una carnada.
Manuel se durmió entero ese día de Junio.
 Los autos lo velaron en la esquina con las puertas cerradas
 y el domingo en la cancha nadie comió pasteles.
                    La tarde se hizo un pozo de distancia cansada
 y todos se acordaron de su nombre de pibe
 cuando ya era no era tiempo de prometerle nada.

CONVENCION sobre los DERECHOS del NIÑO- 20 de Noviembre 1989

Manos Unidas

sábado, 16 de octubre de 2010

Osvaldo Milano Arrieta: La Casa del Poeta 30-XI-98





                                                     
                                            
                                                       JUAN ALBAÑIL

   ¿Cómo dibujar la línea del horizonte de manera de alinearla a ras de los dinteles, para que las ventanas miren hacia afuera, más afuera de las calles y los edificios, distante de las marquesinas y las vidrieras?
   ¿Cómo plantar paredes cosidas desde abajo, que puedan crecer como los  árboles hasta el friso del cielo, y desde allí, avanzar a la vez hacia adelante como si fueran espigones de pájaros?
   ¿Cómo plantar un techo que no tenga estatura, que se abra igual que una boca sorprendida y permita que el júbilo se encuentre con el alma?
   ¿Cómo dejar rincones blandos para los cuerpos, mesas tendidas para el pan de la vida, umbrales para el canto de las manos y el verso; cómo dejar abierta la puerta y encender los relojes con el día de adentro?  
   Juan Albañil puso la frente en ascuas, y mirando la sombra de sus sueños que iban caminando a sus espaldas, dijo: Aquí tengo la casa. Cavaré de nuevo los cimientos en medio de mi infancia, haré una biblioteca en donde estaba el patio, y en la mesa tendida de todos los domingos clavaré las maderas para que nazcan teatro. Pondré ventanas largas que miren para afuera y colgaré un espejo de viento en cada estatua. Colocaré una silla para que otro la ocupe , y dejaré lugar para los pájaros. Cuando llegue la primera mañana, abriré las puertas para que entren todos.
   Juan Albañil, a veces, lleva su nombre al cuarto; lo desviste y lo baña, lo acuna entre los brazos para que se desnude de todo su cansancio. Vela su nombre mientras el sueño lo embriaga, lo arropa con palabras y lo deja durmiendo entre las sábanas. Entonces, toma su otro nombre, se calza las palabras que lo llaman  y sale a ser Osvaldo Milano, hasta mañana.

viernes, 15 de octubre de 2010

Desayuno

 
Desayunó el álamo en la mesa del día. Los horneros mordieron las migas de los panes, y la flor de una espiga se esponjó en mi pocillo.
Tres o cuatro gorriones corrieron esa sombra del trébol que juega a la rayuela en el charco del césped.
Subió el durazno al lomo de mi gato, y le acostó la piel entre las patas.
Sucedió una nube en medio de mi ventana.
Cada quien saludó la distancia hasta el mantel del día. Hasta tu risa, que dejaste pegada al bolsillo de tu camisa vieja.


jueves, 14 de octubre de 2010

Las últimas palabras

   Desenrolló sus largos pies enfundados en mariposas azules y se arrellanó en la cama.
   -No es tarde- me dijo con la voz imprevisible de sábado a la noche. -Sólo apaga la luz.
   Confieso que me dio miedo. Siempre era así.
   Ahí estaba yo, temiendo como un pusilánime ante cualquier atisbo de irracionalidad que pudiera poner en tela de juicio mis irremediables convicciones humanas.
   -¡Vamos!- insistió.
   Mi mano se acercó al interruptor con la diligencia de un esclavo.

    Amaneció en el preciso instante en que la luna espuntaba en el horizonte.  Por cuestión de segundos, el sol le ganó de mano.
   Ella había desempolvado sus hombros antes de abrazarme. Así y todo, mi pecho estaba cubierto de una fina capa de polen iridiscente que brillaba con los resplandores que se filtraban a través de la celosía.
   -Hace frío- musitó.
 
    Nunca había sido más enero. El verano estaba pleno cuando ella dijo: frío. Redondo en el calendario que colgaba de la puerta del placard, un 23 de enero y las moscas en la parra del patio y la sombra recortada por la copa del fresno se volvieron invierno de repente. Los pájaros emigraron como si nunca hubieran tenido paradero.
   -Tengo sed.

   La lluvia llegó de pronto. En realidad no llegó. Estuvo siempre ahí, porque se empezaron a escuchar los repiques sobre el techo un instante después, y yo supe que inevitablemente llovería para siempre jamás si ella se quedaba callada.
   Aparté con mi mano una hebra de su pelo que había quedado sobre la cobija.
   No quería despertarla, pero estaba esperando que hablara. De otro modo la lluvia no dejaría de caer. No quería mirarla. Tenía miedo de mirarla.
   Se estiró debajo de las sábanas como una serpiente dormida. Hundió su cara en la almohada y apoyó su mano helada sobre mi espalda.
   -Te quiero- dijo.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Cómo diré

   ¿Cómo no decir descielo
derrumbe repentino
en la frente detenida
     de mi mano indecisa?

  ¿Cómo no matar pájaros
sin ninguna imprudencia
      con la misma crueldad
                  que los relojes?

¿Cómo detener este día
       en cada calendario
con una seña de
             inocencia?

¿Cómo diré siempre
si   a veces          
             quizá                 tal vez
  es ahora
sin que yo me de cuenta?

Ayer y Hoy

  
 ¡Qué se yo!, a uno le quedan cosas pendientes, recuerdos colgados como espejos en la pared de la memoria; banderitas sacudiéndose en los desfiles de los recuerdos; barriletes subidos al cielo de los baldíos, cuando los barrios eran el mundo de cada uno.
   Después crecemos, cruzamos la General Paz y, del otro lado, nos quedan retazos de historias chiquitas que uno desempolva de vez en cuando, sólo cuando puede mirar hacia atrás sin que se le haga un nudo en la garganta o se le pongan los ojos encharcados.  Ese es el momento en que nos damos cuenta qué es el ayer. Y nos sentimos con ganas de volver a recorrer la plaza de la infancia para saber si sigue teniendo la calesita, o el subibaja pintado de amarillo, o si un supermercado le cambió el perfil.
   A uno le da un poco de pudor hacerse la escapada al pasado pero cuando llega, comprende que seguimos siendo los mismos hijos de inmigrantes, los mismos pibes crecidos a sopapos, los mismos que un día se fueron del barrio, y hoy andan con unas ganas locas de jugar un picadito en el baldío de la 9 de Julio.

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