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domingo, 6 de febrero de 2011
viernes, 21 de enero de 2011
Paisaje urbano
Mujeres van, erguidas, altas y gastadas igual que las banderas arañadas por algún alfabeto de viento y guardapolvo. No nace ningún chico que el cielo tenga en cuenta, ni tampoco le crecen los panes bajo el brazo. Ni los padres le crecen cuando el hambre muerde las madrugadas del trabajo a destajo, pero va la intemperie con la frazada helada a cubrirles la espalda. Y el frío va. Calado hasta los dientes, se les mete debajo de los huesos y sube hasta los ojos. Por eso la mirada duele como una tumba cuando miran de afuera la mesa de los otros.
Y la lluvia del mundo les empapa los sueños; y está tan lleno el mundo de sueños inundados, de naufragios de sueños, que van poco a poco encallando en las dársenas, amontonándose en los puertos, apilándose debajo de los puentes.
Ya no dejan espacio abierto en los baldíos y en todas las veredas se ve el rastro del agua debajo de las puertas. Casi no queda ninguna terraza por donde pasearse indiferente sin mirar hacia abajo, porque uno va pisando los sueños de los otros.
Ya no basta, no alcanza alquilar una parcela en el country del cielo para desentenderse, porque durante la noche, se escuchan los chasquidos de los sueños. Ahogándose.
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Reflexiones
De oficios
Hace unos cuarenta y pico de años, y no hace tantos, las calles de la Ciudad se poblaban de sonidos diferentes, maravillosas estampas de una época de la vida en que la infancia se nos trepaba a las trenzas sin permiso, como sin permiso crecían los cercos verdes, reyes de los frentes, aún no acosados por las altas rejas del fin de siglo.
A veces, en las mañanas, la flauta del afilador rompía el alboroto de los gallos... La bicicleta con la piedra de afilar apoyada en el caño, pasaba por cada calle y esperaba que las señoras acercaran las cuchillas de picar para que la rueda de esmeril les sacara chispitas y les devolviera el filo.
No tardaba en aparecer el silbato y la voz grave anunciando: "colchonero!". Eran épocas de pesados colchones de lana que, de tanto en tanto, necesitaban una cardadita para hacerlos más mullidos y, de paso, se aprovechaba para cambiarle el cotín que a veces se herrumbraba con los elásticos de hierro. La cardadora manual se instalaba en el jardín y la lana iba recuperando esa apariencia liviana de espuma que la volvía tan volátil que se esparcía con la mínima brisa y volaba como nieve por los canteros de dalias.
Con el organito pasaban otras cosas. Escuchar la musiquita de calesita despanzurrarse por el aire de las siestas y correr a su encuentro, fue parte de la magia que pude vivir. La cotorrita verde repartía la suerte por una moneda, y nadie podía resistirse a mirarla revolotear como una mariposa al compás de la melodía zumbadora hasta que, del cajoncito de madera, sacaba con el piquito una tarjetita que el organillero le leía a la persona agraciada.
¿Dónde andarán los paragüeros que se especializaban en arreglar aquellos paraguas negros que, en medio de la lluvia, se empeñaban en quedarse cerrados mientras que sus dueños chorreaban mojados hasta los zapatos?
Pareciera que el tiempo hubiese saltado en un pie, como en una rayuela. Aquella época en que las cosas estaban hechas para durar muchos años pasó demasiado pronto. Los cuchillos de serrucho, los paraguas descartables y los colchones de espuma han dejado atrás a los oficios que les dieron origen. Y también dejaron atrás, muy atrás, esa especie de certeza de "durabilidad" que nos acompañaba durante toda la vida.
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Crónicas
viernes, 5 de noviembre de 2010
El día de mañana.
Dejo tendido el día de mañana como a un mantel sin comensales: Juego fresco de sábana sobre la mesa, mortaja del mediodía.
Recuerdo que, alguna vez, alcé la copa y brindé por él.
Después… después me enredé en la sombra de otra página; puse el poema entre líneas, encendí el candil del sobresalto y me bebí la copa en medio del entierro.
Te saludo, tiempo que ha pasado, puerto al que nunca llegué, barco fantasma. En tu nombre tantas veces abandoné mi nombre, que te debo una ausencia.
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Crónicas
Fragmento de "Cuentos breves y extraordinarios" Bioy Casares y J.L.Borges
" El día del Juicio Final, Dios juzga a todos y a cada uno de los hombres.
Cuando llega a Manuel Cruz, le dice:
- Hombre de poca fe. no creíste en mí. Por eso no entrarás al Paraíso.
- Oh Señor- contesta Cruz-, es verdad que mi fe no ha sido mucha. Nunca he creído en vos, pero siempre te he imaginado.
Tras escucharlo, Dios responde:
- Bien, hijo mío, entrarás en el cielo; más no tendrás nunca la certeza de hallarte en él.
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relatos
Silencio
Amo el silencio, esa manera brusca que tiene el sonido de hacerse independiente, de cambiar el código.
Durante un tiempo le creí los disfraces, la aristocracia con que cae sobre todas las cosas para concederles prestigio, el aire que parece quedarse detenido en la punta del mundo como un banderín de remate y esa mano fantasmal que detiene las maquinarias y amordaza a los pájaros, para quitarles el ala compartida.
Pero el silencio es otro brazo del sonido, el abismo al pie de la montaña, la contraluz de la sombra, la pisada sosteniéndose en otro camino.
Un día cualquiera supe que había un silencio cayendo desde un rincón taciturno.
Adiviné el sigilo con que el ruido se apartaba de todo y cómo se quedaba allí, esperando, abandonando la escena para que el otro iniciara el parlamento.
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Reflexiones
viernes, 29 de octubre de 2010
jueves, 28 de octubre de 2010
Entre Palabras
Amaba las palabras, el ruido que hacen cuando un nombra las cosas con los nombres secretos, ahuecando la voz entre los labios, mordiendo el espejo del aire entre los dientes.
Cada día, mientras gastaba viento para secar la ropa o tendía la frazada del agua sobre las baldosas del patio; mientras entraba o salía, iba diciendo "nodriza" o "lámpara"... Iba nombrando el aire hasta que, en algún sitio, la palabra encajaba perfectamente, como un guante.
"Cántaro", murmuraba cuando florecían las dalias; “pan" le susurraba al plátano verde que sombreaba la casa; "guijarro", y cada manzana le hacía una reverencia.
Llevaba un diario donde anotaba cada palabra nueva, redescubierta, y después la dejaba libre. Libre. Rodando entre los labios para encontrarle un techo, un lugar, un gusto y un perfume; desentrañar el código que cabría allí dentro y saber qué gesto escondido entre sílabas le señalaba el rastro, la voz verdadera.
Iba así por la calle, canturreando siempre una misma palabra hasta encontrarle cara. Y luego sería otra y otra y otra...
Amanecía "frontera", por ejemplo, y cruzaba la plaza; "frontera" hasta el mercado; "frontera" y se agachaba a recoger un diario que el viento arrinconaba en la esquina del puerto. "Frontera", repetía. Y sabía que sí, que lo había nombrado de una vez para siempre: "Frontera".
Sacaba la libreta de tapas azules y escribía: Frontera: página de árbol que cruza por el viento con una voz de otros. Guardaba la libreta, doblaba el diario en cuatro y lo acomodaba debajo del brazo. "Frontera", volvía repitiendo alegre, alta, fresca, caminando con otra estatura. "Frontera".
No volvía cansada aunque las caminatas terminaran en nada porque, a veces, le quedaban pendientes las palabras, perdidas, como sin dueño.
Regresaba entonces con ellas en la boca, las dibujaba en los vidrios de la casa y las dejaba esperando hasta otro día, cualquier día, en que volvían a sonar con insistencia y ella salía a buscarles un puerto para amarrarlas como si fueran barcos, y anotarlas en su libreta.
Esa tarde era "fresno”. "Fresno", "fresno". Caminó hasta la plaza, dio la vuelta al mercado. "Fresno", "fresno". Dobló hacia la estación, recorrió los andenes, "fresno", levantó boletos y volvió a dejarlos en el suelo, "fresno".
Y de pronto lo vio, sentado en el andén, atándose un zapato.
-¡Fresno!- gritó.
Él se puso de pié y se arregló el sobretodo raído. -"Laguna"- repuso con voz grave, y la miró a los ojos que ya se arremangaban como dos volcanes.
- "Frontera"- respondió ella.
Él recogió el diario que quedaba en el suelo. La miró con la voz en la frente, y con la boca blanda dijo: -" Almohada".
Ella bajó los ojos, hasta desmoronarlos.
- "Almohada"- repitió él, con la voz de cuaresma. Y ella tomó su mano.
El corazón latía con la caligrafía de una cigarra. Ninguna "dársena", ni "buril", ni "centuria". Ningún sonido ajeno. Sólo el viento sonando en los andenes.
-"Párrafo"- dijo ella, tímidamente.
Él asintió en silencio y le puso el sobretodo sobre los hombros. –Claro, –respondió- "gaviota".
Y se fueron los dos, abrazándose, ahogados como náufragos.
Ella murmuró: -"Península"- con un hilo de voz.
Y él contestó: -"Madera".
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