lunes, 12 de marzo de 2012

Sueño



Hoy el sueño se partió 
                      a contramano.
Anda en una vigilia descalza
                                     casi humana.
Va despellejándose como una
                fruta
                    olvidada en el estante de los ojos.
No queda ni una pestaña
                                    Indemne,
ni una lágrima de cabotaje.
No queda sueño alguno colgando de las perchas.
Ni en el pasamanos de la escalera.
   Ni en el patio.

Papirolas


 La última paloma de papel manila se desprendió del marco de la ventana y salió volando hacia la cornisa del cuarto piso.
   Siempre habían ocurrido cosas semejantes: arañitas azules de papel celofán teñido con tinta Pelikan aparecían acomodadas en los rincones, enredadas en la tela, y uno nunca sabía si las había arrinconado el viento, pegoteándolas con las pelusas, o si se habían corporizado misteriosamente.
Me acuerdo de las mariposas de papel barrilete, aleteando con alitas frágiles de color celeste, sacudiéndose entre las toallas que se apilaban en el botiquín del baño.
   Cuando aparecieron las polillas de papel de calcar revoloteando por el dormitorio, encima de la colcha que mi abuela había tejido al crochet, me preocupé tanto que compré naftalina y la colgué en bolsitas atadas al elástico de la cama... Sí, vos me dirás que eran sólo de papel, pero mi abuela se había muerto hacía ya unos años y la colcha era el único legado que me quedaba de ella, así que no podía arriesgarme.
   La cosa se puso un poco más truculenta cuando empezaron a aparecer cucarachas de papel glacé sobre la mesa de la cocina o asomando por la rejilla del baño; empeoró con los murciélagos de papel afelpado que colgaban en los rincones del living, y los cuervos de cartulina... No, no siempre fue como una película de horror... ¿quién hubiera podido aguantarlo?... No, la cosa fue variada. Después fueron los papagayos multicolores, y por último, los loros... Esa etapa fue la peor. Estaban por todos lados: en el balcón, en la mesa, en el bidé. Todos verdes. Grandes y chicos, de papel apergaminado o monofort, pintados con témpera o anilina. Verdes. Todos verdes.
   Lo de los cascarudos fue más sencillo porque eran más chicos y vistosos también, de papel metalizado, el de los caramelos ¿viste?. La verdad es que los cascarudos me gustaban. Me acuerdo de que una mañana, cuando me levanté, el piso del dormitorio estaba plagado de cascarudos de todos colores... Y los pisaba y hacían cric cric, como los de verdad... ¡ qué locura!
  Y bueno, un poco antes de mudarnos, le agarró por las palomas. Blancas al principio. Te digo que era una solución porque por lo menos el papel era más fácil de conseguir. Yo juntaba papel de almacén, los sobres usados del correo, cajas de pizza... En fin, todo venía bien. ¡Hasta que empezó con el papel manila! Yo le dije que palomas amarillas no había visto nunca pero, ¿viste cómo era él?, siguió y siguió con el papel manila.
   Llenó de palomas amarillas los placares, el palier, el lavadero, y en el último tiempo, como no quedaba más lugar, se las regalaba a los chicos en la placita Almafuerte... Los chicos chochos, imaginate...
   Cuando nos mudamos, ocupaban más lugar los papeles que los muebles. Y te digo, yo dejé el departamento súper limpio: vacié los placares... hasta saqué el papel con el que forraba los cajones por las dudas que le hiciera falta... No sé cómo pudo haber pasado. Fijate qué disgusto, pobre señora, la que se mudó al departamento, digo. Una jubilada, sola, imaginate... Dicen los vecinos que se quejaba de escuchar ruidos en las paredes, en el techo, detrás de las puertas. Todos pensaban que estaba loca, hasta que pasó lo que pasó. Dicen que ayer abrió la ventana -era un tercer piso, ¿te dije?-, y se tiró. Sí, la vieron los vecinos. Y dicen que detrás de ella salió volando un montón de pájaros y bichos hacia todos lados y que, después de un rato, una paloma grande y amarilla se desprendió del marco de la ventana y se fue, aleteando, hasta la cornisa del cuarto piso.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Te llamo


Te llamo de nuevo. No para que acudas sino para que existas.

Federico Garcia Lorca

 


  Federico García Lorca, uno de los más grandes poetas y dramaturgos de la primera mitad del siglo XX  nació en el pueblo de Fuente Vaqueros, en la provincia de Granada (España) en 1898. La poderosa influencia de su tierra natal marca toda su obra, desde sus "Primeras Canciones” hasta “La casa de Fernanda Alba”.
   Comienza sus estudios de Derecho y Filosofía y Letras en 1914 en la Universidad de Granada.. Cinco años después se traslada a Madrid para terminar sus estudio y allí conoce al poeta Juan Ramón Giménez y al famoso cineasta Luis Buñuel. Aquí nacen sus primeras obras literarias, el “Libro de Poemas”, y su primera obra teatral “Mariana Pineda”.    Durante ese período, también establece relación con el maestro catalán del surrealismo, Salvador Dalí. Es en esta época en que se forma el aspecto “moderno” de la obra de García Lorca.
   A los 35 años, ya es un poeta exitoso reconocido en el mundo y sus obras de teatro se representan en todas las latitudes.
   Después de sus estudios en Madrid, viaja a los EEUU. y da conferencias en la Universidad de Columbia Su libro de poemas “Poeta en N.Y” recoge esta etapa de su vida. También visita Cuba y Argentina.

   Federico estuvo en Argentina entre 1933 y 1934. El éxito de “Bodas de sangre” con Lola Membrives obliga a la obra a mudarse del Teatro Maipo al Avenida. Es aclamado por el público. Su obra “Yerma” es representada más de cien veces.
   Buenos Aires lo seduce. Se relaciona con Raúl Gonzáles Tuñon, José González Carbalho y Ricardo Rojas Paz.. En la casa de éste conoce a Pablo Neruda (cónsul de Chile en Argentina). El poeta es un torbellino. Gardel canta para él el día anterior al abordaje del avión que termina con su vida
   Y si hay un Lorca aclamado por su Romancero Gitano y que pisa fuerte en la dramaturgia, también hay un Lorca con los bolsillos llenos de papelitos con poemas que corrige una y otra vez y que confiesa estar enamorado de aquello que todavía no escribió.
   Un día de Marzo de 1934 se marcha de Argentina. Le quedaban 2 años de vida. La fiesta y la tragedia lo acompañaban. Fueron a despedirlo todos sus amigos. El poeta, acodado en la barandilla del barco, silbaba un tango
   Desde 1933 Federico García Lorca conoce muchos éxitos. Pero en el mismo período, nubes oscuras se forman en el cielo de la política internacional. Hace 11 años que Mussolini gobierna Italia. Y en Alemania ha caído la Rep. De Weimar. El nuevo canciller se llama Adolf Hitler.

   En 1936, comienza en España la insurrección de gran parte del ejército. Federico García Lorca no pertenecía a ningún partido político, pero un artista moderno es, por definición, un enemigo del régimen autoritario, un enemigo para aquellos que levantaban consignas como: ¡Muera la inteligencia!.
   García Lorca huye hacia Granada. Luego de una denuncia, es arrestado por la Guardia Civil y asesinado el 19 de Agosto de 1936. Su cuerpo es arrojado en un barranco de Sierra Nevada.
   La guerra civil durará tres años más, causará 1 millón de víctimas y el exilio de centenas de millares de españoles; algunos de ellos,  son nuestros antepasados. .

 Su obra incomparable conoce títulos como: Doña Rosita la soltera; Mariana Pineda; Romancero gitano; Poema del cante jondo; Yerma; La zapatera prodigiosa, etc.

   Dijo en 1932 acerca de la poesía:
Pero, ¿qué voy a decir yo de la poesía? ¿Qué voy a decir de esas nubes, de ese cielo? Mirar, mirar, mirarlas, mirarle, y nada más. Comprenderás que un poeta no puede decir nada de la Poesía. Eso déjaselo a los críticos y profesores. Pero ni tú ni yo ni ningún poeta sabemos lo que es la poesía.
                                                      Federico García Lorca (Madrid, 1932)

   Todos los artistas del mundo lo lloraron. Todos le brindaron homenajes.
 Dijo de él, Miguel Hernández, poeta muerto en prisión en 1942 en su
Elegía Primera (a F.G.L.)   (Fragmento)
………………………………………
Tú, el más firme edificio, destruido,
Tú, el gavilán más alto, desplomado,
Tú, el más grande rugido,
Callado y más callado y más callado.

   Su más hermoso libro de poemas, también es inspirado por la muerte. En 1934 muere en su traje de luces Ignacio Sánchez Mejías, torero muy famoso, amigo del poeta y mecenas del mundo artístico de Madrid, matado por la cogida de un toro. Algunos meses después, García Lorca compone el “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” del que traigo aquí algunos fragmentos

¡Y el toro solo corazón arriba!
a las cinco de la tarde.
Cuando el sudor de nieve fue llegando
a las cinco de la tarde.
Cuando la plaza se cubrió de yodo
a las cinco de la tarde,
la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
A las cinco en punto de la tarde.
……………………………..
¡Que no quiero verla!
 Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena.

Por las gradas sube Ignacio
con toda su muerte a cuestas.
Buscaba el amanecer,
y el amanecer no era.
Busca su perfil seguro,
y el sueño lo desorienta.
Buscaba su hermoso cuerpo
y encontró su sangre abierta.

¡Que no quiero verla!
Que no hay cáliz que la contenga,
que no hay golondrinas que se la beban,
no hay escarcha de luz que la enfríe,
no hay canto ni diluvio de azucenas,
no hay cristal que la cubra de plata.
No.
¡¡Yo no quiero verla!!
………………………………………………………………………………………………


   La guardia civil lo asesina el 19 de agosto de 1936.

domingo, 22 de enero de 2012

Regalo de reyes


  
 6 de Enero. La tarde caía como una pedrada en medio del asfalto. Con las últimas monedas que le quedaban compró el diario en el kiosco de la esquina. Un perro la salió al paso cuando se detenía a la sombra de un paraíso. Le olfateó los pantalones y se le sentó al lado. -Pobre perro- pensó- éste está peor que yo.
   Caminó hacia el lado de la dársena. Tenía un apetito voraz y ni un peso en el bolsillo. Miró por encima del hombro y vio que bajaban muebles de un camión de mudanza. Muebles grandes, buenos. –Gente de plata- se dijo. Se acercó a los hombres vestidos de color caqui y les preguntó si necesitaban ayuda. -¡Y, déle!- contestó el más viejo, que tenía un pañuelo atado al cuello.
   Se arremangó la camisa y ahí vio al perro que le movía la cola.  -¿Es suyo?- preguntó la dueña de casa, una anciana delgadita como un hilo de bordar. -¡No, qué va a ser mío! Estaba en la calle y me siguió. ¿Le molesta, señora?-. –No, para nada, cómo me va a molestar, pobrecito. Me parece que debe tener hambre. ¡Vení, chiquito, vení!-. El perro se le acercó moviendo la cola y ella lo acarició con ternura.
   -¡Y vamos con el piano!- gritó el tipo más joven- ¿nos da una mano?-. Cuando entraron a la casa, cargando el piano que pesaba como un condenado, se escuchó la voz de la viejita: -Arriba, por favor. En el corredor de arriba-.
   -Qué lo tiró que es pesado- pensaba, pero ya no podía hacer nada más que aguantarse. –Por ahí me tiran unos pesos.
   Bajaron cansados después de hacer toda clase de maniobras para acomodar el maldito piano en el pasillo que era bastante angosto. Al lado de la puerta de la cocina estaba el perro, comiendo unos pedazos de pollo que la señora le había puesto en una bandeja de plástico.
   Siguieron la cómoda y un aparador de cristalería de roble macizo. Después le tocó el turno a los canastos. Esos eran livianos, una pavada.. El perro se había echado sobre un felpudo y los miraba pasar, moviendo la cola.
   La noche se hizo de pronto como si el tiempo se contara doble. Los tipos de caqui le hicieron firmar unos papeles a la señora. Él se quedó esperando afuera, disimulando mientras se bajaba las mangas de la camisa.
-Bueno, pibe,gracias- dijo el del pañuelo al cuello, y le tendió la mano.
-De nada- contestó –Y me van a largar parado estos guachos… ¡No lo puedo creer!. ¡Qué me tenía que meter yo como un gil! ¡Y esta vieja que ni siquiera nos da una propina, qué malaria!.
  Cruzó la calle secándose el sudor que le corría por la frente. Se agachó para atarse el cordón del zapato y lo vió: El perro caminaba detrás de él y movía la cola. -¿Y vos qué mirás, perro sarnoso, si al final  la pasaste como un duque y encima tenés la panza llena! - y le largó un puntapié.
   El perro reculó y lanzó un gruñido. -¡Sí, lo único que me falta hoy es que me muerda un perro!- dijo en voz alta. El perro se le acercó, le olfateó el pantalón, levantó la pata y lo orinó.

   -Cada vez que paso por esta calle y veo la casa, me acuerdo de la viejita… Seguramente se habrá muerto. Era tan flaquita y …¡tenía unos cuantos pirulos encima! ¿te acordás, loco?.
 El perro, que camina adelante, se detiene, da vuelta la cabeza, lo mira y mueve la cola.
   La calle se los traga como si el horizonte fuese un hilo sostenido en el abismo de la esquina.

Carta para mi misma


    El tiempo está  empezando a enrollarse en el último carnaval, como una serpentina... Claro que el último carnaval será  el de mañana, ese en el que las mascaritas se disfracen de mi misma y me esperen con los espejitos en la mano, enredadas en el índice del catálogo, en la letra "A", de Anónimo.
   Hoy no es un buen día para escribirme cartas, porque desearía poder decirme  ¡hola!, ¿Cómo estás?, pero en cambio no pregunto nada, porque sé la respuesta de antemano. Y, sí. Son los riesgos que corro cuando me animo a asomarme a esa princesita rubia, destronada pero reincidente, que siempre estuvo allí esperando que la farolera tropezara para levantar la barrera y enamorarse de cualquier  tipo menos de un coronel- ¡Dios me libre!- que de Coroneles y Capitanes la vida me hizo una N.N. y buen tiempo me llevó recuperar el nombre, para estamparlo al pie de algún papelito escrito entre metáforas.
   De cualquier manera, te digo -escuchá  bien- que te merecías otra cosa, una vida diferente, más llena de manteles en las mesas, y no tanto altar mortuorio... Aunque no estoy tan segura, porque -mirá  vos-, ahora se me ocurre que hubieses sido capaz de estropearlo todo, de vestirte de cenicienta antes de las doce, de despertarte antes del beso del príncipe dorado o morder la manzana justo del lado en donde no había veneno...       Porque, te digo que para que el cuento de hadas funcione, una tiene que ser paciente y esperar la parte de la historia donde recupera el protagonismo positivo, es decir, aquel que sobreviene después de haber sido sometida a todo tipo de vejámenes infringidos en la propia persona por la bruja de turno.
   Pero vos nunca pudiste quedarte quietita, como decía tu mamá, que de esto sabe un poco más: -vos callate, nena. Te quedás calladita y no decís nada, vas a ver que después se le pasa-. Vos siempre ahí, despotricando contra la injusticia y la desigualdad, embanderada en la primera protesta que pasaba cerca, dale que te dale, sin poder esperar la otra parte de la historia, esa que casi siempre reivindica a los perdedores y a los humillados. Y si no, mirá: a las brujas las quemaban, pero a más de una después la santificaron; en cambio, a las que pensaban como vos, a esas las desaparecieron en un tris. Así y todo, ahora les levantaron un altar en la memoria. Vos, en cambio, no pudiste ni esperar a que te desaparecieran, te rebelaste antes del fusilamiento. Y así te fue.
   Yo sé que dirás que los valores y toda esa sarta de vanidades espirituales sesentistas fueron los que te llevaron a creer que valía la pena dejar de lado el individualismo y sumergirte en la más responsable individualidad, para tener en cuenta al otro, para resistir con todas las fuerzas la debacle de la sociedad y la familia, la ausencia de modelos, el lento pero irrefrenable descenso hacia la mediocridad. Te quedaste con aquello de "caminante no hay camino, se hace camino al andar" y te estrellaste contra la hipocresía en la primera esquina que te salió al paso.
   Pero no te detuviste. Seguiste intentando empezar a andar tantas veces como tantas te caíste y el saldo es el mismo, y seguirá  siendo el mismo porque tus cuentas empezaron mal. Porque te compraste el heroísmo como moneda de cambio justo en el momento en que los otros empezaban con los plazos fijos y la bicicleta financiera. Y te quedaste afuera del juego, del lado de los anónimos vencidos, de los perdedores dignos. Y el resultado es la soledad. Aunque te moleste escucharlo, te lo repito: el saldo es la soledad, la más absoluta soledad: la de adentro, la del miedo en la boca del estómago y el hilo pendiendo  sobre el vacío esperando tu pisada. La soledad sin vuelto y sin vuelta, esa que no tiene ninguna cara, que no se llama de ninguna manera, ni te promete nada.
   Vas rápido hacia el deslinde. No te detuviste en ninguna excusa, pero el punto de llegada está  a la misma distancia que antes: Lejos. Y sigue siendo desconocido el sitio que te depara el mañana. Y el hoy es una garganta negra y halitosa con el silencio colgando de las fauces como los cadáveres de los ahorcados… Y el cuerpo que era ya no te acompaña; y más acá  del cuerpo, la patética sombra de una juventud que se te escapó entre los dedos, te persigue en el reloj de la memoria, aunque no le des cuerda.

Zulema

 



   Qué puedo decir yo, hoy que celebramos tus sesenta, yo, que nací a la sombra de tus siete años y que durante toda la infancia no hice más que mirarte cuando te asomabas al espejo para corregir la línea de tus medias de nylon, y la caída de tu trajecito de tweed.
   Qué puedo decir yo, que caminaba a tu lado cuando los muchachos te decían los piropos más ardientes que he escuchado en mi vida y de los que, te juro, nunca recibí ninguno…
   Qué puedo decir yo si toda mi adolescencia viví admirando ese requiebro en el andar con los que enloquecías a los muchachos de Lomas; si a escondidas usaba tus cosméticos; si nunca pude pintarme los labios después de haber visto los tuyos, tan perfectos, coloreados con rojo…
   Qué puedo decirte que no sepas, si siempre fui una nena a tu lado, y nunca pude alcanzarte en la estatura de mujer… Y mucho menos cuando te casaste y después me regalaste dos sobrinos. Qué puedo decirte si vos sabés todo lo que no supe, no pude, no logré.
   Por eso, hoy que celebramos tus sesenta, sólo quiero darte las gracias porque siempre, aún en los momentos más graves de mi vida, estuvo tu palabra y tu abrazo; y también quiero pedirte disculpas por todas las veces en las que no conté con vos y me perdí de lo mejor.
   Con el más sincero AMOR y la más entrañable ternura, quiero desearte la más grande felicidad y la mejor vida, y quiero recordarte que, aunque siempre seré una nena a tu lado, podés contar conmigo para lo peor y para lo mejor.

Pasaré.

 
Pasaré. Irremediablemente sonará el recreo
intensamente cruel
           para mis párpados
y quedaré sentada en el borde
                                 del mañana
    como si tuviese sentido          esperarlo.
Sé que llegará
porque ha empezado a dolerme el aire
           y los días de sol
                  me reproducen  sombras transparentes.
Y a pesar del intento
    me despido sin cesar
                    de los tréboles.
Y todo lo que miro
es para siempre.

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