miércoles, 20 de octubre de 2010

Poema para Manuel


Al lado del baldío, la calle era una larga cintura de asfalto,
una herida de grises en el verde.
Manuel tenía diez años y el mundo por delante para llevarlo al hombro,
pataleando la suerte como sus seis hermanos.
Cada tarde de Junio, ese mes de provincia en que todos los tilos se emperifollan ocres,
los autos ordenados al borde de la acera
eran puertas propinas que se abrían  de gauchada,
eran vidrios para limpiar de nuevo aunque estuvieran limpios,
 eran otra chance para el invierno frío,
para las zapatillas que estrenaba en la escuela cuando en el 25 el patio
 era una página de guardapolvos blancos.
Manuel no tenía prisa. Por delante del tiempo siempre había otra chance.
 Cuando había pocos autos, barría el tallercito de Juan, el verdulero,
que siempre le dejaba unas cuantas monedas
 y un sanguche de queso encima de la mesa.
Si no, cada domingo, vendía pastelitos de dulce en la cancha,
pastelitos calientes que cocinaba Aurora con tres o cuatro pesos
que ahorraba en la semana.
 Manuel era la risa mojándole la cara, las manitos paspadas por el agua y el viento,
Y  la nariz roja de dormir al sereno.

Ese día de Junio que empezó de costado, que se vino de espaldas como los asesinos,
fue una madrugada saliendo de la casa y el asfalto mojado por la tormenta larga
 y el sueño empezando a salir por las manos...
 Y así, medio dormido, a las seis de la muerte, Manuel cruzó la calle
 para ir al mercado a buscar las cajitas de dulce de membrillo
para los pastelitos del domingo en la tarde.
- Mirá  bien cuando cruces- le sentenció la madre que colaba en el jarro
 la yerba de mañana.
Si, má - dijo Manuel. Y salió al entrevero de cada madrugada para los pobres, digo,
                para esos lastimados hermanos en desgracia.
 Tenía alto el sueño, pasado de maduro. Corrió para sacarse el frío de las patas
 y allí, en el exacto lugar de la intemperie, el auto se le vino como un perro cebado,
            lo empujó para adentro con los dientes de hierro
                     y le mordió la vida como a una carnada.
Manuel se durmió entero ese día de Junio.
 Los autos lo velaron en la esquina con las puertas cerradas
 y el domingo en la cancha nadie comió pasteles.
                    La tarde se hizo un pozo de distancia cansada
 y todos se acordaron de su nombre de pibe
 cuando ya era no era tiempo de prometerle nada.

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