viernes, 21 de enero de 2011

Paisaje urbano


   Mujeres van, erguidas, altas y gastadas igual que las banderas arañadas por algún alfabeto de viento y guardapolvo. No nace ningún chico que el cielo tenga en cuenta, ni tampoco le crecen los panes bajo el brazo. Ni los padres le crecen cuando el hambre muerde las madrugadas del trabajo a destajo, pero va la intemperie con la frazada helada a cubrirles la espalda. Y el frío va. Calado hasta los dientes, se les mete debajo de los huesos y sube hasta los ojos. Por eso la mirada duele como una tumba cuando miran de afuera la mesa de los otros.
   Y la lluvia del mundo les empapa los sueños; y está  tan lleno el mundo de sueños inundados, de naufragios de sueños, que van poco a poco encallando en las dársenas, amontonándose en los puertos, apilándose debajo de los puentes.
   Ya no dejan espacio abierto en los baldíos y en todas las veredas se ve el rastro del agua debajo de las puertas. Casi no queda ninguna terraza por donde pasearse indiferente sin mirar hacia abajo, porque uno va pisando los sueños de los otros.
   Ya no basta, no alcanza alquilar una parcela en el country del cielo para desentenderse, porque durante la noche, se escuchan los chasquidos de los sueños. Ahogándose.

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