martes, 28 de septiembre de 2010

La cosecha de pájaros

Una tarde de marzo, hace cinco años, el árbol de manzano fue plantado. Solo una buganvilla estrellada de labios rosados deslumbraba el verde más soleado en aquel rincón del jardín.
Con la llegada de la primavera, el diminuto manzano estrenó los primeros, delgadísimos azahares, que nunca se preñaron de frutos. Para el otoño próximo, los brotes empezaban a despeluzarse cuando el primer zorzal anidó entre las frágiles ramas devastadas por las hormigas. Solo la paciencia y la tenacidad pudieron ayudarlo a sobrevivir. Los venenos se mezclaron en una alquimia fabulosa de viejos embrujadores y nunca más una hormiga se acercó a sus hojas lustrosas pero, infelizmente, aquella pócima venenosa le arrancó la fertilidad por lo que nunca aquel manzano, que coqueteaba tan vanidosamente al lado de la buganvilla, volvería a dar frutos alguna vez.


Los meses pasaron y las estaciones se fueron apilando en la memoria como páginas desprendidas de calendarios. El manzano creció, majestuoso, y cada primavera se vestía de millares de minúsculas florecillas blancas que caían, irremediables como los amores perdidos, sin fructificar jamás.
Sin embargo, los zorzales seguían eligiéndolo para arrellanar sus nidos algodonosos entre las hojas afelpadas. Una bandada completa arremetía al viento desde el espigón verde de sus ramas, y cada vez eran más y más los que llegaban desde todos los puntos del horizonte para afincarse en el manzano, que siempre esbelto y orgulloso, se mantenía enhiesto en el rincón más soleado del jardín.


Una mañana cualquiera, tal vez cerca de la quinta temporada, la copa del manzano apareció preñada de manzanas anaranjadas que asomaban tímidamente entre las matas verdes del follaje. Era marzo el mes que espuntaba en el calendario y en marzo no fructifican los manzanos, y menos aún, este manzano que nunca había dado frutos.
Cuando el viento empezó a sacudir la estatura de los árboles y el remolino de tierra abrazó al manzano destejiendo las hojas como a fronteras imprecisas, una bandada de manzanas de pecho anaranjado remontó el vuelo a la par de la brisa encolerizada de la tormenta próxima.

Entonces supe que mi manzano había fructificado zorzales, y que cada día de cada semana de cada estación del calendario yo podría cosecharlos y echarlos a volar por encima de los vientos del mundo, para proclamar que cada uno de nosotros ha nacido para ser uno mismo, único y diferente, y que mi árbol, aquel que tan amorosamente había plantado hacía cinco años en el mejor lugar del jardín, al lado de la buganvilla, había nacido con memoria de manzano pero con corazón de pájaro.

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