viernes, 27 de abril de 2012

Peregrino.

  

El paso sigiloso de la cintura del sol entre los vidrios se fracturaba como en un calidoscopio salpicando de luz la pared del fondo de la sala. El verano había ido gastándose de a poco, deshilachándose igual que la miel de los higos de marzo, asaltada por los gorriones y el viento Norte, que azotó los árboles hasta desbastarlos. Pero el sol aún seguía sostenido sobre los ventanales altos más allá de las tres de la tarde.
   La valija seguía en el mismo lugar en que la había dejado, en el rincón del corredor, al lado de la maceta con geranios que empezaban a boquear, sin remedio. Él también seguía en al mismo lugar, recostado en el sillón azul, con los ojos cerrados y una mano sobre la frente. La otra mano se resistía a la quietud y acariciaba el tapizado de gobelino, rebuscando el código de la trama, trazando arabescos en la tela, cavando pequeñas cuevas con las uñas.
   No sé cuánto tiempo pasó, pero el sol empezó a descolgarse lentamente hasta detenerse en el dintel de la ventana del pasillo, la que asomaba al jardín, que aparecía fracturado entre los vidrios –rompecabezas de verde y amarillo.
   El aroma de los jazmines empezó a hacerse intenso, como cada día a esa hora, y el frescor crecía por los techos y empujaba hacia abajo.
   Él abrió los ojos y la penumbra lo recibió desnuda, envuelta apenas en la fragancia que abrigaba a las cosas y las acariciaba con prudencia. Miró el reloj. Se incorporó y recorrió la sala cerrando las ventanas y las puertas. Se detuvo en el corredor, junto a la valija. Dudó un instante antes de levantarla y salir.
   El silencio siguió aleteando sólo un instante más. Enseguida los grillos y los pájaros respiraron la húmeda secuencia de la tarde. Los árboles empezaron a estremecerse y el rocío se acostó en la hierba como en cada crepúsculo.
  
   Nadie supo nunca hacia dónde partió, ni en qué momento. Tres o cuatro señales apenas, delataron la huída: el diario del cinco de marzo sobre la mesa, los geranios exhaustos en el macetero del corredor y la camisa azul, descolorida como las banderas de las escuelas, estrenando su penúltimo otoño en el perchero de la sala.

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