viernes, 27 de abril de 2012

Tus ojos.


  La sombra de la noche se quedó detenida en el espejo curvo de tus ojos de lata. Crecieron los suburbios de las constelaciones y el frío, fue una página de pupila escarchada.
   Nunca pude mirarte a los ojos de nuevo, porque el silencio afila sombras de fuego en tus pestañas y duele el abrazo que nunca prometiste como duelen las brújulas en todos los naufragios.
   No sé, tal vez, yo supe que moría aquel día. Adiviné de pronto que no tenía esperanzas, que todas las palabras se quedaban heridas esperando la boca secreta de las páginas.
   Claro que volví a verte… Si alrededor del aire anda tu viento verde, alborotándome. Ese aire de césped sudado que me enciende, no cesa de golpear las puertas de mis dedos y me deja una huella caliente entre los dientes.
   Pero ¿sabés? Ya nunca te remonté los ojos. Prefiero adivinarte la seña de la espalda, la línea de tu cuello, el latido en la nuca. Verte de lejos. Adivinar qué camino sigue el rumbo del viento en tu mirada… Pero verte a los ojos, no puedo, amor, no puedo. Son un abismo verde derrumbado en tu cara.

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