domingo, 22 de enero de 2012

Carta para mi misma


    El tiempo está  empezando a enrollarse en el último carnaval, como una serpentina... Claro que el último carnaval será  el de mañana, ese en el que las mascaritas se disfracen de mi misma y me esperen con los espejitos en la mano, enredadas en el índice del catálogo, en la letra "A", de Anónimo.
   Hoy no es un buen día para escribirme cartas, porque desearía poder decirme  ¡hola!, ¿Cómo estás?, pero en cambio no pregunto nada, porque sé la respuesta de antemano. Y, sí. Son los riesgos que corro cuando me animo a asomarme a esa princesita rubia, destronada pero reincidente, que siempre estuvo allí esperando que la farolera tropezara para levantar la barrera y enamorarse de cualquier  tipo menos de un coronel- ¡Dios me libre!- que de Coroneles y Capitanes la vida me hizo una N.N. y buen tiempo me llevó recuperar el nombre, para estamparlo al pie de algún papelito escrito entre metáforas.
   De cualquier manera, te digo -escuchá  bien- que te merecías otra cosa, una vida diferente, más llena de manteles en las mesas, y no tanto altar mortuorio... Aunque no estoy tan segura, porque -mirá  vos-, ahora se me ocurre que hubieses sido capaz de estropearlo todo, de vestirte de cenicienta antes de las doce, de despertarte antes del beso del príncipe dorado o morder la manzana justo del lado en donde no había veneno...       Porque, te digo que para que el cuento de hadas funcione, una tiene que ser paciente y esperar la parte de la historia donde recupera el protagonismo positivo, es decir, aquel que sobreviene después de haber sido sometida a todo tipo de vejámenes infringidos en la propia persona por la bruja de turno.
   Pero vos nunca pudiste quedarte quietita, como decía tu mamá, que de esto sabe un poco más: -vos callate, nena. Te quedás calladita y no decís nada, vas a ver que después se le pasa-. Vos siempre ahí, despotricando contra la injusticia y la desigualdad, embanderada en la primera protesta que pasaba cerca, dale que te dale, sin poder esperar la otra parte de la historia, esa que casi siempre reivindica a los perdedores y a los humillados. Y si no, mirá: a las brujas las quemaban, pero a más de una después la santificaron; en cambio, a las que pensaban como vos, a esas las desaparecieron en un tris. Así y todo, ahora les levantaron un altar en la memoria. Vos, en cambio, no pudiste ni esperar a que te desaparecieran, te rebelaste antes del fusilamiento. Y así te fue.
   Yo sé que dirás que los valores y toda esa sarta de vanidades espirituales sesentistas fueron los que te llevaron a creer que valía la pena dejar de lado el individualismo y sumergirte en la más responsable individualidad, para tener en cuenta al otro, para resistir con todas las fuerzas la debacle de la sociedad y la familia, la ausencia de modelos, el lento pero irrefrenable descenso hacia la mediocridad. Te quedaste con aquello de "caminante no hay camino, se hace camino al andar" y te estrellaste contra la hipocresía en la primera esquina que te salió al paso.
   Pero no te detuviste. Seguiste intentando empezar a andar tantas veces como tantas te caíste y el saldo es el mismo, y seguirá  siendo el mismo porque tus cuentas empezaron mal. Porque te compraste el heroísmo como moneda de cambio justo en el momento en que los otros empezaban con los plazos fijos y la bicicleta financiera. Y te quedaste afuera del juego, del lado de los anónimos vencidos, de los perdedores dignos. Y el resultado es la soledad. Aunque te moleste escucharlo, te lo repito: el saldo es la soledad, la más absoluta soledad: la de adentro, la del miedo en la boca del estómago y el hilo pendiendo  sobre el vacío esperando tu pisada. La soledad sin vuelto y sin vuelta, esa que no tiene ninguna cara, que no se llama de ninguna manera, ni te promete nada.
   Vas rápido hacia el deslinde. No te detuviste en ninguna excusa, pero el punto de llegada está  a la misma distancia que antes: Lejos. Y sigue siendo desconocido el sitio que te depara el mañana. Y el hoy es una garganta negra y halitosa con el silencio colgando de las fauces como los cadáveres de los ahorcados… Y el cuerpo que era ya no te acompaña; y más acá  del cuerpo, la patética sombra de una juventud que se te escapó entre los dedos, te persigue en el reloj de la memoria, aunque no le des cuerda.

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