domingo, 22 de enero de 2012

Zulema

 


   Qué puedo decir yo, hoy que celebramos tus sesenta, yo, que nací a la sombra de tus siete años y que durante toda la infancia no hice más que mirarte cuando te asomabas al espejo para corregir la línea de tus medias de nylon, y la caída de tu trajecito de tweed.
   Qué puedo decir yo, que caminaba a tu lado cuando los muchachos te decían los piropos más ardientes que he escuchado en mi vida y de los que, te juro, nunca recibí ninguno…
   Qué puedo decir yo si toda mi adolescencia viví admirando ese requiebro en el andar con los que enloquecías a los muchachos de Lomas; si a escondidas usaba tus cosméticos; si nunca pude pintarme los labios después de haber visto los tuyos, tan perfectos, coloreados con rojo…
   Qué puedo decirte que no sepas, si siempre fui una nena a tu lado, y nunca pude alcanzarte en la estatura de mujer… Y mucho menos cuando te casaste y después me regalaste dos sobrinos. Qué puedo decirte si vos sabés todo lo que no supe, no pude, no logré.
   Por eso, hoy que celebramos tus sesenta, sólo quiero darte las gracias porque siempre, aún en los momentos más graves de mi vida, estuvo tu palabra y tu abrazo; y también quiero pedirte disculpas por todas las veces en las que no conté con vos y me perdí de lo mejor.
   Con el más sincero AMOR y la más entrañable ternura, quiero desearte la más grande felicidad y la mejor vida, y quiero recordarte que, aunque siempre seré una nena a tu lado, podés contar conmigo para lo peor y para lo mejor.

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