domingo, 22 de enero de 2012

Regalo de reyes

  
 6 de Enero. La tarde caía como una pedrada en medio del asfalto. Con las últimas monedas que le quedaban compró el diario en el kiosco de la esquina. Un perro la salió al paso cuando se detenía a la sombra de un paraíso. Le olfateó los pantalones y se le sentó al lado. -Pobre perro- pensó- éste está peor que yo.
   Caminó hacia el lado de la dársena. Tenía un apetito voraz y ni un peso en el bolsillo. Miró por encima del hombro y vio que bajaban muebles de un camión de mudanza. Muebles grandes, buenos. –Gente de plata- se dijo. Se acercó a los hombres vestidos de color caqui y les preguntó si necesitaban ayuda. -¡Y, déle!- contestó el más viejo, que tenía un pañuelo atado al cuello.
   Se arremangó la camisa y ahí vio al perro que le movía la cola.  -¿Es suyo?- preguntó la dueña de casa, una anciana delgadita como un hilo de bordar. -¡No, qué va a ser mío! Estaba en la calle y me siguió. ¿Le molesta, señora?-. –No, para nada, cómo me va a molestar, pobrecito. Me parece que debe tener hambre. ¡Vení, chiquito, vení!-. El perro se le acercó moviendo la cola y ella lo acarició con ternura.
   -¡Y vamos con el piano!- gritó el tipo más joven- ¿nos da una mano?-. Cuando entraron a la casa, cargando el piano que pesaba como un condenado, se escuchó la voz de la viejita: -Arriba, por favor. En el corredor de arriba-.
   -Qué lo tiró que es pesado- pensaba, pero ya no podía hacer nada más que aguantarse. –Por ahí me tiran unos pesos.
   Bajaron cansados después de hacer toda clase de maniobras para acomodar el maldito piano en el pasillo que era bastante angosto. Al lado de la puerta de la cocina estaba el perro, comiendo unos pedazos de pollo que la señora le había puesto en una bandeja de plástico.
   Siguieron la cómoda y un aparador de cristalería de roble macizo. Después le tocó el turno a los canastos. Esos eran livianos, una pavada.. El perro se había echado sobre un felpudo y los miraba pasar, moviendo la cola.
   La noche se hizo de pronto como si el tiempo se contara doble. Los tipos de caqui le hicieron firmar unos papeles a la señora. Él se quedó esperando afuera, disimulando mientras se bajaba las mangas de la camisa.
-Bueno, pibe,gracias- dijo el del pañuelo al cuello, y le tendió la mano.
-De nada- contestó –Y me van a largar parado estos guachos… ¡No lo puedo creer!. ¡Qué me tenía que meter yo como un gil! ¡Y esta vieja que ni siquiera nos da una propina, qué malaria!.
  Cruzó la calle secándose el sudor que le corría por la frente. Se agachó para atarse el cordón del zapato y lo vió: El perro caminaba detrás de él y movía la cola. -¿Y vos qué mirás, perro sarnoso, si al final  la pasaste como un duque y encima tenés la panza llena! - y le largó un puntapié.
   El perro reculó y lanzó un gruñido. -¡Sí, lo único que me falta hoy es que me muerda un perro!- dijo en voz alta. El perro se le acercó, le olfateó el pantalón, levantó la pata y lo orinó.

   -Cada vez que paso por esta calle y veo la casa, me acuerdo de la viejita… Seguramente se habrá muerto. Era tan flaquita y …¡tenía unos cuantos pirulos encima! ¿te acordás, loco?.
 El perro, que camina adelante, se detiene, da vuelta la cabeza, lo mira y mueve la cola.
   La calle se los traga como si el horizonte fuese un hilo sostenido en el abismo de la esquina.

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