miércoles, 29 de septiembre de 2010

Carta a una mujer

   Detrás del muro, una mujer, distante siempre,  a pesar de haberse desvestido de secretos hace ya muchos siglos para todo aquel que la convoque desnuda; una mujer, digo yo misma, te saluda desde la vereda en donde los desconocidos se saludan como viejos amigos.
   Me arrogo el derecho de sentirme destinataria de todos los recuerdos porque, en este mismo instante, siento que puedo ser aquella de los sueños inevitablemente rotos, esta que barre la vereda con el abismo del devenir entre los ojos, esa otra que arremete contra el calendario construyendo terrazas para el día de mañana o la que deambula por el insomnio con cuatro palabras pendientes para escribir en el espejo. Esa soy, todas y una.
   Y acomodo vertiginosamente papeles en la agenda, y busco en los cajones la brújula perdida, como si adivinara que algún navegante me enamoró en otro puerto y me dejó el pañuelo sudado escondido entre  relojes detenidos. También muerdo la fruta con ese apetito de cielos jugosos que, en la infancia, siempre estaban en los árboles más altos; y sé que en este momento la mirada se me pone oblicua como si pudiese ver más allá,  y de pronto el mundo se me avecina como un mapa, y cada continente es una mano irremediable separada por agua.
   A veces, también camino por tu misma calle, por la calle por donde caminan todos. Y sin embargo, mi pie pisa con otra certidumbre.
   Cada  pisada lleva la memoria de las madres inmemoriales que defendieron hijos, que plantaron la tierra, que amasaron la harina, que pelearon para ser nombradas con su propio nombre, para ser elegidas y únicas y diferentes. Para llevar un pañuelo blanco en la cabeza coronando la memoria y la lealtad. Para estrenar la piel en cualquier abrazo y sentir, de pronto, que el amor es para siempre. Para envejecer con la dignidad de los que envejecen por no haberse dado por vencidos.
   Otras veces soy, simplemente, la otra que me mira en el espejo.
   Y entonces me acuerdo de mi abuela inmigrante, de Eva hambrienta frente a una manzana, de la mejilla magullada, de la virginidad violada entre alaridos, de las madres solas que apechugan el miedo en nombre de los hijos. Y de las que corren por el tiempo de otros; y de las que se detienen; y de las que se dan por vencidas; y de las vencidas.
   Pero me queda corazón para emocionarme ante una palabra cuando llega blanca como una caricia. Esa que me homenajea por ser una de tantas, la única, la irrepetible, la misma. Todas.

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