miércoles, 29 de septiembre de 2010

Evita, sesenta años no es nada.


Llovizna. La humedad detenía al frío y lo pegoteaba contra los vidrios, tan empañados que apenas si se divisaban las luces de la calle. Sobre el aparador de  la cocina, la radio CONDAL con el ojito verde, sintonizada en  Radio Belgrano, sacudía el ruido de las ollas con un tango de D´Arienzo, y amenizaba la transmisión con los espacios de publicidad del momento: "Proteja su salud de fumador con boquillas CRISOL" o "Estufas SAETA a kerosene, económicas, brindan calor a voluntad".
 Eran los tiempos de la gomina BRANCATO, del jabón LE SANCY de Dubarri, de la Colonia Rusa DE PREAL. La mujer elegante se vestía en TIENDAS LA PIEDAD y soñaba con hacerse una permanente coronita en la Peluquería LA ESMERALDA.
Mi mamá cocinaba en la cocina FAVORITA una sopa de letras, y no tenía sueños más audaces que una máquina de coser igual a la que la FUNDACION le había regalado a Doña María. Mi mamá no podía soñar más porque apenas si tenía veintipico de años, apenas si había votado por primera vez hacía unos meses, apenas si se acostumbraba a sentirse diferente en esta nueva condición de mujer que pujaba por romper las barreras de las clases, arrasar con todo resabio de machismo y establecer su frontera en el lugar exacto de sus sueños.
  
 Era Julio de 1952. Ese invierno había llegado temprano encaramado en Mayo, como trepado a un árbol para robarle fruta. Llovía. Este era un día de lluvia.
Me acuerdo de ese día. 26 de Julio, a las 20.25.
Mamá, que estaba revolviendo la sopa de letras, se agarró la cabeza. Apagó el fuego y se apoyó contra el aparador que tenía la radio encendida. Subió el volumen mientras nos pedía que nos calláramos la boca -"la Señora EVA PERON ha pasado a la inmortalidad"- decía la voz de la radio. Yo no entendía lo que pasaba, no sabía qué era la inmortalidad, pero veía que mi mamá lloraba. Lloraba, sí. Le caía un juguito de los ojos que sabía que era salado, porque yo ya sabía qué era llorar.
Durante mucho tiempo no supe por qué mi mamá lloró esa noche, hace casi sesenta años. Al principio, creí que era porque pensaba que nunca iba a tener la máquina de coser SINGER que tanto anhelaba.  Después, cuando comprendí un poco más, pensé que lloraba por ella misma, por ese sueño que había terminado demasiado pronto, tan pronto como para seguir siendo un sueño. Porque los sueños son primero una esperanza, y después, la nostalgia de haberlos soñado.          
 
Nunca me atreví a preguntarle por qué había llorado aquel 26 de Julio, pero hoy la comprendo como si fuera yo misma la que cocina la sopa de letras en la cocina FAVORITA, mientras mis hijos miran por cable cómo dos de las torres más altas del mundo se derrumban, como castillos de naipes. 
                                                                           

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