miércoles, 29 de septiembre de 2010

Memoria de pájaro

Había una vez un pájaro que perdía la memoria. Aquellos cielos imperiosos que reconocía como en una bitácora se le desdibujaban de repente y, tan pronto la brisa le empinaba las alas, allá  iba él, siguiendo la ruta de la desmemoria, hasta desplomarse en la copa húmeda de un lirio silvestre o en la sábana susurrante de los alfalfares.
Tenía alas vigorosas. Torcía el timón del aire con la fuerza de una gaviota y podía aventurarse en una caída libre con la decisión de un halcón. Guardaba el mapa celeste de las distancias y las nubes en sus ojos de pájaro pero, cuando le sucedía el abismo del olvido, naufragaba en el viento, encallaba en la copa bailarina de los  álamos o en el espejo blando de una fuente.

Aquel día, cuando el reloj del cielo atrasó media hora y la lluvia se desató como un nudo de agua, la memoria lo miraba de lejos y no pudo recordar cómo volar.
Las ramas se desovillaban y, lentamente, se iban destejiendo las hojas en el quehacer del viento; la lluvia sacudía la tierra, y cada trueno, arrinconaba nubes en otro paradero para prenderles fuego.
Intentó atravesar las alas como espinas emplumadas y agitar el aliento para poner blando el pecho; sacudió el horizonte que tenía entre los ojos y sintió cómo se le escapaba la brisa entre las plumas.
Supo, entonces, que jamás volvería a volar. Recordó en un instante todos los cielos, los verdes planisferios de los campos sembrados, el color del crepúsculo encima de los sauces, y se dejó caer.

Cuando el cielo espejó su cabellera en la moneda ardiente de un sol indetenible, y los charcos estrenaron el cuerpo de las nubes empeñosamente blancas, el índice del viento recogió el cadáver emplumado de aquella desmemoria y nombró la décima pregunta con el nombre de un pájaro.

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